PULSERA NARANJA

 

PULSERA NARANJA

1970. Diez años de reclusión forzada en diversos hospitales forjaron a hierro una soledad no asumida. Una soledad y una realidad muy distinta a la narrada por el gran Albert Espinosa. Inmovilizado en una cama metálica y con barandillas, con todo el cuerpo enyesado a modo de camisa de fuerza integral, solo un brazo y una pierna estaban libres de movimiento. Y claro está; la cabeza que vivía todo aquello como una condena sin causa ni delito, fruto único de los designios del destino.

Apareció un día mi tía Angelina en ese maldito hospital. De su bolso de Mary Poppins sacó de todo: Cartas, lapices de color, madelmans, magnetos... y un pequeño transistor de color naranja chillón. Mi primer receptor de radio, mi pulsera roja ahora no era roja, en este caso era naranja... mi pulsera naranja.

Esa radio fue durante el resto de mi condena la ventana que me permitió volar, mi puerta de emergencia, la llave de mi celda, quien hacía explotar mi imaginación, mi única salida, mi vida, mi muerte y mi liberación. Mi gran compañera bajo el presidio de largos días y eternas noches de soledad. ¡Que noches más largas!, cuantas horas de techo blanco en mis retinas.

Como en el caso de Bogard, ese fue el principio de una bonita amistad, de un trío amoroso entre el insomnio, la radio y este humilde radioaficionista.

Corrían los años ochenta, contaba yo apenas diecisiete años. Una vez terminada la pesadilla hospitalaria mis piernas aprendieron de nuevo el arte del caminar. Se terminaron las sillas de ruedas, las ortopedias y las voces a la espalda diciendo: "ahí va el cojito". En Barcelona en esos años la vida transcurrió como debía transcurrir, entre la Sagrada Familia, el Gótico y el Raval, tres barrios bien distintos y seguramente la mejor escuela para un joven de esa edad. Allí aprendimos a convivir músicos, borrachos, sin casa, putas viejas, seminaristas, iluminados, poetas, pintores, comediantes, escritores alcohólicos y cantantes de ópera. En fin, las amistades normales de aquella época en la ciudad de Barcelona. Un ambiente bohemio que siempre terminaba de madrugada ebrios de vino y rosas.


Lo relatado a continuación intenté contárselo una noche en directo en el Vuelo714 a Coto Matamoros, pero ante su imparable discurso y la lucidez de su retórica, opté por no quitarle la palabra y mi mensaje quedo inédito hasta hoy.


Fue por aquel entonces cuando un día tumbado en la litera de abajo de mi habitación compartida y con la madrugada pisándome los talones, encendí mi radio color naranja chillón, cerré los ojos y escuché a lo lejos la increíble armonía del Shine On You Crazy Diamond de Pink Floyd.

Una sensación extraña invadió mi mente, como una comunión entre los sueños y la materia. De repente... una voz omnipresente, lenta, cálida y verdadera empezó a hablar por encima de aquella música.

Pausa a pausa, palabra a palabra, silencio a silencio.

Era el Loco de la Colina, el mejor programa de radio de todos los tiempos. Aquella voz hacía magia con la palabra, hablaba al tiempo que apuñalaba el corazón de los oyentes. Su discurso era tan absurdo como verosímil, eran las palabras de un loco, de un dios de la radio. Aquello era algo nuevo, algo inusitado, una conexión casi espiritual a través de la mente y los MgHrz donde fluctuaban los sonidos.

De repente... la magia estalló como estallaba el cosmos en el Aprendiz de Brujo de la película Fantasía de Disney. La que antes fuera compañera de mi amarga soledad ahora se tornaba en mi droga favorita, en la mayor de mis adicciones, en mi sueño, en mi amor y mis anhelos... LA RADIO.

Gracias MAESTRO, gracias JESÚS QUINTERO.


Ahora tengo un programa de radio, dos compañeras de viaje y algún amigo incondicional. Tengo mis sueños intactos y buena o mala... radio para reventar mil paraísos.

No tenemos fondos para mantener nuestra emisora, nos han desalojado de nuestro estudio, nos han criticado, nos han traicionado, nos han mentido, nos han insultado, pero... el recuerdo de aquellas noches con el Loco, el recuerdo de la magia y la sensación de volar en espiral atravesando el cosmos, nos hace fuertes.

Hemos okupado un tejado abandonado, una azotea con vistas al universo, venderemos nuestra alma al diablo si hace falta. Engancharemos la fibra óptica de un vecino si conviene, más pronto que tarde y con ayuda de los amantes de la radio, la libertad y la locura... SEGUIREMOS EMITIENDO.

Jordi Anell Olivella, Radioaficionista y soñador por vocación.
@Vuelo714Radio
La radio de los descontentos y los soñadores.

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